Antón Chejov

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Antón Chejov:
Las Cartas de un Cosmopolita1

Luis Thonis2



Las cartas de Chéjov están determinadas por sus interlocutores. No fueron escritas para ser leídas por otros, pero por sí mismas merecen la posteridad. Esto marca su rasgo puntual y acotado. Chejov, según Janet Malcom, una de sus biógrafas “guardó silencio sobre sus métodos de composición y destruyó sus borradores”.

Chejov era un centinela obsesivo de los secretos de su vida privada. Es posible que hubiera hecho lo mismo con sus cartas si aun en la víspera de una muerte anunciada no habría seguido creyendo que viviría. Curioso: alguien que no ignoraba que la vida no se da dos veces en sus últimos momentos actuó como si fuera inmortal apostando que en un último golpe de dados vencería una fatal enfermedad. “Mis cartas soy yo” yo, podría decir cualquiera que las escriba implicándose en ellas: exponen en bruto lo mejor y lo peor del sujeto y sus brincos ante el destino.



Las de Chejov nos  informan sobre su carácter, introducen a los pormenores de su obra y a su sensibilidad, a  ese no sé qué  que no se explica por las clasificaciones de tipo genérico, sean naturalismo o realismo. 

Nada es improvisado en esta cuidada edición: el trabajo de traducción, introducción y comentarios de Irina Bogdachevsky, con las notas de Laura Estrin son un testimonio de amor al autor.

Advertimos en las cartas dos grupos: las dirigidas a su mujer Olga Knipper y a distintos tipos de amigos.

Las cartas a Olga, cualquiera sea el tema, se ajustan a la función llamada fáctica del lenguaje, a un ¿estás ahí?, que  menos que  comunicar algo vale para constatar una presencia distante a la que califica con epítetos renovados: cachorra pelirroja, mi perrita caballuna, mi alegría, abuelita, mi mujer bondadosa, actrizuli mía, mi pequeña mitad, etc.

Rasgo capital de un entre dos amoroso: confirmar que el otro no es una ausencia, que está ahí y no se ha esfumado. Estas expresiones tienen poco que ver la clase de cartas donde la relación es “tormentosa”, un problema en sí mismo,  por ejemplo,  Michaux en su poema Nous deux encore, que se estructura en forma de carta mediante la repetición de un “Aire del fuego, no supiste jugar” que aviva las llamas de todas las pasiones simultáneamente hasta abrazar la misma vida que pasa vertiginosamente de la comedia al drama sin que por eso los amantes puedan encontrar un código : si uno no supo jugar o si no había regla alguna  para dos pudieran ser uno.

Tampoco es el caso de Joyce, que está casado, pero que se “inventa” un lugar en el discurso: le escribe cartas a Nora en posición de amante volviendo siempre a la vibración del primer encuentro.

Estos extremos son ajenos a las cartas de Chejov. 

En este caso hay un código compinche, un sistema de guiños, abundan los sobrentendidos entre él y Olga: “Me dices que ya te he olvidado como eres. Si, mi dulce, ya no me acuerdo si eres rubia o morocha, recuerdo solamente que una vez tuve una esposa”.

No puedo imaginar este tipo de correspondencia entre la dama del perrito y su amante, que un tanto tardíamente descubre que ninguna de las mujeres que lo amó lo hizo por lo que él era y cree que Anna si lo hará, lo cual es una nube que lleva en sí la tormenta ya que nadie “es” fuera del entre dos y del equívoco que supone el no saber el por qué.

Chejov tenía el don de la bondad involuntaria que reaparecerá en Becket.

Es benévolo con sus contemporáneos, incluso cuando sus obras le merecen un juicio negativo, por ejemplo, le responde a un amigo sobre Gorki:” No se puede leer Foma Gordeiev y Los Tres: son malos y según mi criterio, Los pequeños burgueses, es la obra de un colegial”.

Pero añade acerca de propia opinión un “puede ser que esté equivocado.”

También lo defendió cuando por razones políticas se quiso anular su nombramiento como miembro honorario del Departamento de Letras de la Academia Rusa de Ciencias.

La Gaviota  había sido representada en 1896 y había tenido escasa repercusión. En los ensayos conoce a Olga. Dos años después la obra dirigida por Stanislavsky en la Compañía del arte de Moscú 1888 tiene éxito y así siguen Tio Vania, las Tres Hermanas y El Jardín de los Cerezos, su última obra que tiene dificultades para terminar-- menos por falta de talento que de fuerzas. Los problemas de la  representación abundan en las cartas y lamenta los recortes que se le imponen a sus textos.

El tono mustio de la obra constata el derrumbe de un orden señorial y la irrupción de un nuevo tipo de advenedizos- Lopajin- que están lejos de ser mejores que los que se han arruinado como la propietaria a causa de sus locuras.

Los cerezos que van a talar son la metáfora de una belleza que se extingue y el viejo armario de los libros es el símbolo de ideales que han entrado en crisis.

Desde Turgueniev en la literatura rusa advertimos que los personajes más bondadosos o con sentido común van siendo descartados por otros, advenedizos, lunáticos y fanáticos que van ganando la escena social.

Rusia vive en esos momentos un tiempo de profunda conmoción.

Mucho tienen que ver las revoluciones liberales europeas de 1848 que impactan en intelectuales y universitarios que exigen cambios a la autocracia.  Nicolás I decreta la ley marcial en algunas regiones y prohíbe discutir públicamente sobre la libertad y las reformas.

En Hadjí Murat su amigo Tostói describe la crueldad refinada con la que Nicolás I ejecuta a un estudiante: en vez de fusilarlo lo expone, lo hace recorrer doce veces entre dos filas de dos mil hombres que lo matan a palazos mientras se vanagloria de su tolerancia, de que en Rusia no exista la pena de muerte.

En Rusia había grandes extensiones de tierras en propietarios ociosos, que las hipotecaban o abandonaban, a diferencia de la Argentina que a partir del fin de las guerras civiles entre BA y la Confederación y de la constitución de 1853-1860 recibe flujos inmigratorios y aun con desigualdades crece de manera exponencial hasta 1930.

En Rusia, entre 1869 y 1770 el rendimiento del suelo desciende a la mitad. La caída mundial del precio del trigo generó en la Argentina una crisis financiera en los noventa y la revolución del parque- algunas de sus demandas de transparencia en la cosa pública tienen actualidad- y declara el sufragio universal en 1916.

En Rusia la crisis de  dio lugar a la hambruna- no sería la primera-  una impotencia para darse instituciones que culmina en el estado terrorista de 1917.

Uno de los motivos era que Rusia carecía de créditos internacionales y las estructuras feudales persistían.

El conde Tostói, el hombre de mayor prestigio en Rusia y reconocido mundialmente, lanzó una campaña que se extendió a la Iglesia, a la burguesía, a los profesores y estudiantes de las universidades. Las reformas de tipo liberal se mezclan con ideas utópicas y milenaristas, propias de los períodos de miseria: abundan místicos y pescadores de río revuelto de todos los colores.

A esto se suma la guerra de Crimea, la primera registrada mediante fotografías: Rusia pensaba que las potencias europeas- Francia, Inglaterra- no se opondrían a la anexión de la Basílica de la Natividad y la Iglesia del Santo Sepulcro en Palestina por la ayuda que les había dado respecto a las revoluciones de 1848 que se propagaron por toda Europa.

En 1855 cae Sebastopol.

Es una derrota militar que desaloja a Rusia como gendarme de Europa- hoy todavía persiste esa vocación imperial, pensemos en los sucesos de Georgia en 2008- y  se vive como una humillación nacional. Tolstói y otros reclamaban la “libertad total” para los campesinos y Alejandro II en 186I decreta la liberación de los siervos.

Algunos atribuyen esa liberación a la necesidad de un ejército nacional moderno, incompatible con la condición servil. Pero la liberación no mejora sus condiciones de vida. Firs, el viejo mayordomo de El Jardín, se refiere a la liberación de los siervos: “Entonces - dice- renuncié a la libertad y me quedé con los señores. Y me acuerdo que todos estaban contentos, pero, por qué estaban contentos, ni ellos mismos lo sabían”.

Los grandes beneficiados de Alejandro II fueron los judíos. Las persecuciones no fueron alentadas por la razón de Estado. Después del asesinato por parte del grupo extremista La Voluntad del Pueblo-1881- que ponía en práctica las ideas de Neckaiev, se multiplicaron los pogromos y la legislación anti judía de Las Leyes de Mayo porque se culpó a los judíos del atentado. Más de doscientos fueron asesinados en distintos lugares y otros salvaron apenas el pellejo.

El magnicidio de Alejandro, realizado por un grupo minoritario, marcará un punto de inflexión decisivo en la historia de Rusia.

Alejandro a partir de 1881 había iniciado reformas liberales y gobernaba de modo tolerante. Impulsó la idea de que los trabajadores agrícolas se convirtieran en propietarios independientes y no obstante fue objeto de tres intentos de asesinato-1866, 1873,1880- hasta el desenlace fatal. Lo único que logró La Voluntad del Pueblo fue que se reforzara el aparato represivo y se dejaran de lado la sucesión de reformas proyectadas.

La transición gradual a una democracia quedaría abortada. Rusia se volverá definitivamente un país antigradual, “revolucionario”, que pasa de un extremo al otro.

Los pogromos palpitan en los prolegómenos del golpe de Estado bolchevique de 1917 donde el soviet de Petrogrado gritaba contra el líder de una democracia muerta antes de haber nacido: ¡Viva Trotzky, abajo el judío Kerensky!

Un año después de la muerte de Chejov aparecerán los Protocolos de los Sabios de Sión - un panfleto delirante que denuncia una conspiración mundial de los judíos para apoderarse del mundo, terminar con las monarquías y el cristianismo- que según el estudio minucioso de Pierre André Taguieff tendrá su parte en el exterminio de seis millones  en la Segunda Guerra Mundial. Aunque ha sido mil veces probada su falsedad todavía tiene clientela. Hay demanda de teorías conspirativas: el lugar de los lunáticos ha sido ocupado por ciertos filósofos.

Hay una voluntad de creer que vuelve a las teorías conspirativas irrefutables.

Ante este caos anunciado, Chejov añoraba orden donde los paisanos estaban con los señores y éstos con los paisanos, “en cambio, ahora, cada cual por su lado, no se entiende nada.”

Pero el campesinado era el “otro” de la estatocracia moscovita. León Poliakov en De Gengis Khan a Lenin, dice: “El campesino liberado quedaba sometido a diversos controles policiales o parapoliciales, los castigos corporales seguían en vigor, no se podía abandonar el pueblo sin el consentimiento de la comunidad”

La colectivización estanilista no hizo más que convertir en un sistema esta esclavitud de hecho.

Chejov culmina en una carta a su amigo Suvorin, el personaje que aparece en el relato de Raymond Carver Tres rosas amarillas, que trata sobre la tuberculosis del autor en una fase terminal y que el hombre de los quevedos pese a ser doctor trata como una gripe - junio, 1903 – alegrándose porque “la abolición de los azotes y el rapado de cabezas es una gran reforma”.

Se refiere al edicto gubernamental que las anula para presidiarios y deportados.

El régimen autocrático está en plena decadencia, la Duma- el Parlamento- no alcanza a encontrar el equilibrio, abundan los movimientos revolucionarios que persiguen distintos objetivos- nihilistas, anarquistas, socialdemócratas, comunistas- que van a dar lugar a la revolución de 1905, fallida en cuanto a sus objetivos constitucionales.

Pedro el Grande había trazado el modelo invariable: tomar de Occidente las técnicas y las artes pero no las instituciones que limitan la violencia del Estado que es potencialmente ilimitada. Solyeniztin en su Archipiélago, señala la diferencia entre las cárceles del zarismo y las del estanilismo, más despiadadas todavía en tanto toda la sociedad se transforma en un gran campo de concentración que tiene como enemigo a la propia población. Se eliminan todas las formas de literatura y arte contrarias a las consignas oficiales, escritores y artistas van a parar a los campos o a hospitales psiquiátricos.

La gran mayoría de los intérpretes de la revolución de Octubre la leen- todavía incluso- como la antítesis del capitalismo pero el comunismo moscovita es una imitación precaria del  capitalismo occidental, sin derechos individuales ni sindicales ni de ningún tipo, duro, “salvaje” donde el sistema del Gulag coexiste con la ausencia total de invención técnica, salvo en el aspecto militar al que apuntan todas las inversiones. Basta ver los modelos soviéticos de la industria automotriz copiados de la italiana, algo que se extiende hasta los perfumes.

Rusia es el ejemplo de un desarrollo del subdesarrollo iniciado desde los tiempos de Pedro el Grande que introduce una modernización sin instituciones y al que podría considerarse el padre de los tercermundismos: hoy podríamos ver esa modernización en regímenes autoritarios como los de Singapur, Vietnam o China donde la superación del hambre- que no es poca cosa- no va de la mano de los derechos civiles. Pero estas sociedades tuvieron transiciones lentas al capitalismo. Taiwan es otro ejemplo. La India lo hizo a través de una vigorosa democracia que supo utilizar los préstamos del FMI que en los noventa organizó su economía.

Nada de eso ocurrirá en Rusia: después de que Ucrania decreta su independencia, el 24 de diciembre de 1991, Boris Yelstin declara la disolución de la Unión Soviética y comienza una la liberalización total de la economía un día después del fin del comunismo, sin parlamento y por decretos que enriquecerá a los comunistas conversos y a los nuevos oligarcas- que compran por migajas las empresas del estado, y reciben los millonarios e irresponsables préstamos del  FMI colocando a la criolla en dinero afuera- y el país se sigue endeudando hasta el default de 1998- que al menos no fue aplaudido-, dando lugar a un capitalismo mafioso o de amigos que en la Argentina se vive como la gloria misma aunque sus protagonistas sean los mismos del los infernales noventa.

En "What Kind of 'Democracy' Is This?" —New York Times, 4 de Enero 1997— Solyenitzin, uno de los más implacables críticos del sistema soviético hará un balance parcial de la  nueva democracia: la Glasnot está lejos de la transparencia, libertad de prensa no basta, y más si está condicionada, si los temas fundamentales no se discuten, si un país inmenso y heterogéneo  acusa el retorno del centralismo y es gobernado por una minoría de 150 a 200 personas, donde coexisten los nuevos ricos con los viejos elementos del Partido.

Prevalecerá —después del giro de la economía mundial que creció como nunca en toda la historia por la subida del precio de los productos primarios— el modelo petrolero de Putin que tiene más que ver con Arabia Saudita que con las democracias donde rige la división de poderes.

La entrada en la globalización de Rusia acusa la marca zarista y el bombardeo indiscriminado a Grozni en la guerra con Chechenia —de 200 a 300.000 víctimas para cazar a grupos terroristas—, el asesinato de valientes  periodistas rusas —Anna  Politkovskaya y Natalia Estemirova— que investigaban torturas está en la tradición de Nicolás I. La opinión mundial es indiferente a lo que ocurre en Chechenia. Basta imaginar el escándalo que hubiera sido si periodistas norteamericanas fueran asesinadas cuando investigaban las torturas de la cárcel en Irak.

En 1862 en su novela Padres e hijos, a través de Bazárov, el personaje principal —que negaba todo, y reducía la vida a sensaciones nacidas de combinaciones químicas— Turgueniev acuña la palabra nihilista: cuando uno —dice— “se decide a acabar con todo no puede salvar su propio pellejo.”

Nihilismo: hay diversas interpretaciones de este término.  A mi entender no basta como Eróstrato con destruir el templo de Diana en Efeso —ya que éste buscaba la fama a través de ese acto— sino de la destrucción de las mismas ruinas.

Bazárov es más un pedante que un nihilista. Desprecia a campesinos y a los aristócratas por la clase a la que pertenecen, sin importar qué tipo de personas son. Esto es ajeno a las tradiciones rusas pero pasará de la ficción a la realidad en el  Catecismo Revolucionario de Necháiev —escrito en colaboración con Bakunin— donde, por ejemplo, afirma: “El revolucionario desprecia todas las doctrinas: ha renunciado a la ciencia del mundo que deja para la próxima generación. Sólo conoce una ciencia: la de la destrucción”.

Se entiende, por otra parte, el rechazo de un Marx- que planteaba la socialización de los medios de producción y no su destrucción- en la Primera Internacional ante la “justicia sumaria” que ocupó a un Dostoievsky o a un Camus que recuerda esa eterna cuartada que es “el amor por los hombres” que justifica cualquier aberración.

Es en este clima áspero donde Chejov escribe sus obras.

Su sensibilidad estaba modelada por la tendencia al cosmopolitismo del puerto de Taganrog y podría decirse que fue quien inició a partir de 1890 hasta su muerte una transformación cultural que se apartaba del peso de la tradición que pesa en las obras de Gogol y Dostoievsky. Su occidentalización es la antítesis de la de Pedro el Grande, apuntaba a lo universal y no a lo que culminara con el sistema más totalitario conocido por la humanidad.

El cosmopolitismo es evidente en la diversidad y eclecticismo de sus amistades como el editor antisemita Aleksei Sovorín, el conde Tolstói y, entre otros,  Máximo Gorki que como todos los del  bando revolucionario condena el máximo período de la cultura rusa-1907-1917, nominado el de “los cinco años gloriosos”, iniciado por Chejov y que no habrá de disfrutar. Esta es sin duda la máxima tristeza que experimentamos cuando recorremos sus cartas y su vida y reconocemos al menos mesiánico de los escritores rusos.

En estos cinco años gloriosos las letras y las artes rusas conquistan definitivamente a Europa: “Cada gran país tenía su autor predilecto,Turguéniev para Francia, Tostói para Gran Bretaña, Dostoievsky para todos los países germánicos: tras ellos, Chejov reunirá todos los votos sin distinciones”, comenta León Poliakov. También hay que decir que la música de Mûsorgui, Rimki- Kórsakov y la de Stravinsky coexisten con Mozart, Bethoven, etc, la pintura ya tiene situados en París a Chagall y a Kandisky, y la ciudad luz descubre a los ballets rusos de  Nizhinski y Anna Pavlova.

Fue esta la verdadera revolución liberal —sólo en la cultura— a la que aspiraban los santos laicos y los decembristas de 1825 y no la que originó lo que Francois Furet llama el mito de octubre en referencia al golpe de estado de 1917, que el pueblo ruso nunca quiso y habrá de ser una de las mayores catástrofes de la historia universal.

El bolcheviquismo, lejos de haber aprendido las lecciones de los fracasos la Revolución Francesa introduce un cambio abrupto y radical que en un contexto de guerra con Japón en 1921 produce una hambruna que se extiende por las zonas del Volga, Samara y Crimea y deja unos cinco millones de muertos.

Esto llevará a Lenin a reintroducir zonas privadas para la economía a través de la NEP. Robespierre le cortaba la cabeza al panadero que no vendía el pan al precio que le ordenaba el Comité de Salud pública y se quedaba sin pan y sin panadero.

En Rusia esta represión alcanzará cifras millonarias en víctimas ejecutadas o muertas en el sistema concentracionario del Gulag.

Las cartas reflejan un espíritu de ánimo calmo, pequeñas alegrías y decepciones, como la  dirigida a Olga en agosto de 1902: “Hoy hace un poco más de fresco en Yalta, se puede respirar, pero la noche fue sofocante, y bastante mal en general. En la vecindad murió una mujer tártara y los parientes han llorado por ella en voz alta toda la noche y todo el día de hoy. No he podido cobrar todo lo que me debían”. En este tema también Chéjov es actual…

En esa época no estábamos en una aldea mediática y electrónica. Diarios y revistas pedían cuentos a los escritores que monopolizaban las formas de la imaginación: Chéjov como tantos otros —Dickens, Poe—  supo hacer arte de ese encargo y es considerado uno de los maestros universales del cuento corto. Cuentos breves que pueden leerse como parábolas, por ejemplo, Tristeza donde ningún cliente quiere escuchar al cochero abrumado por la muerte de su hijo- sólo le piden que vaya más rápido- y ante el ritmo indiferente de la ciudad quisiera encontrar a una campesina- a esas que “basta decirles dos palabras para que derramen un torrente de lágrimas”.

Me pregunto si no fue Chejov quien dio voz a lo que  llamamos tristeza, como un duelo que no puede comenzar nunca. Ni la depresión en que culmina el entusiasmo, ni el hundimiento melancólico.  La tristeza, en el cuento del mismo nombre, está narrada como la extensión de un silogismo: mi hijo murió, nadie me escucha, luego no está muerto hasta que alguien lo reconozca…eso lo va desesperando, ninguno de los que suben al coche tienen idea que quien habla es un ser humano. Finalmente al no encontrar a nadie a quien contarle lo hace con su caballo, que resopla enigmáticamente.

O Vanka, un niño de nueve años, más niño expósito —expuesto— que proletario, desamparado en un mundo que no sólo promete castigos y amenazas sino que las lleva a cabo diariamente que —tampoco sin nadie a quien contar padecimientos— se los narra a su abuelo, única referencia en el mundo y más débil todavía que él.

Lágrimas: Chejov en su cuento El orador, ridiculiza los discursos fúnebres. El  elocuente joven Zapoikin es contratado para pronunciar un discurso a un reciente fallecido, un asesor colegiado por el que está lejos de sentir admiración.

Reaparece el tema retórico latino que dice que todos los muertos son buenos, renovado por Borges que se sorprendía cómo la muerte mejoraba a la gente, y  recuerda la tradición de los plañideros, que eran alquilados para llorar y berrear  en el cortejo fúnebre. Pero a mi entender no se trata sólo de hipocresía, sino de una posición en el discurso que acentuada se resuelve en una política de masas: Mussolini o Hitler pueden ser considerados dos payasos charlatanes pero como oradores han tenido mayores logros que un Cicerón.

En Mein Kampf, Hitler traza sinonimias que harán historia oponiendo al nacionalista- de raza superior- y fanático- término marcado positivamente-  al cosmopolita asociado a la debilidad, la degeneración y  al judío a su vez identificado al comunista que conspiran contra la raza y la nación.

El orador, en el cuento de Chejov,  logra el efecto contrario al que apunta al discurso al que parece poner todo el cuerpo, entregarle la misma vida para hacer más notorio el fracaso del vaciamiento de los cuerpos que es el objeto de los discursos que intentan producir la fusión colectiva.

 Las atipladas palabras del orador suenan a falsete o a ridículo.

 Chejov expone la desproporción entre el discurso proferido y el efecto a conseguir. En este caso falla lo verosímil.

El arma de la retórica es la verosimilitud, a veces un blindaje contra la verdad más evidente que al menor roce con ella puede recordar de súbito que el rey está desnudo.

Aquí la verdad es una designación de un estado de cosas que recuerda que lo evidente es lo más arduo de probar si no hay una voluntad colectiva que lo desee. Pero también la verdad puede  un efecto de retorno en el discurso- y eso, algo extraordinario en la vida social es habitual en la literatura, piénsese en la escucha del narrador proustiano de una ilustre cantante que le parece un bodrio a diferencia del público y la crítica que la exaltan, algo que todos confirman años después- y de tal modo que conmueve, sacude las construcciones de la verosimilitud.

Algo que los personajes de un Beckett enuncian por el solo hecho de existir: son expulsados antes de haber entrado a la escena social. Este ese retorno y esa verdad son irrepresentables y aquí la literatura- como un tratamiento de lo irrepresentable- entra obviamente en conflicto o contradicción con la retórica. “Hay que estar despierto para ser despertado”, escribió el poeta polaco Adam Zagawevsky, poniendo el acento en el sujeto en vez de la unanimidad masiva. 

Chejov vivió en la antesala de la confluencia de todos los delirios que dan a la historia rusa su carácter crudo, irrepresentable por real.

La tristeza del cochero es también la suya. El Gulag  ha sido la estación terminal de esa historia, la apertura de otra ruta hecha con los huesos de millones de cadáveres —después del fracaso de una democracia moderada van a dar lugar al Estado como leninista máquina de matar.

La distancia entre ciudades es la que le hace rechazar- Julio, 1903- la dirección de una revista importante: “No puedo ser redactor de El Mundo del Arte porque no me permiten vivir en Petersburgo y la revista no se mudaría por mí a Moscú, redactar la revista por medio del correo o telégrafo es imposible y tener en mi a un redactor nominal solamente no le conviene en absoluto a la revista.” En esa carta desliza cierta diferencia con la línea editorial al asegurar que el otro redactor “cree de modo aleccionador, mientras yo hace mucho he perdido gradualmente mi fe y sólo miro perplejo a todo intelectual creyente”.

Sucede a veces que el intelectual crédulo está armado de una obstinada voluntad de ignorar.

Sin embargo, Chejov tenía la esperanza que Rusia en unos diez años avanzaría hacia un gobierno constitucional, como señala Irina Bogdachevsky. Está visto que no era profeta ni politólogo.

Muere a principios de julio de 1904 en un balneario —Badenweiler, en la última carta, dirigida la hermana días antes de su muerte, lamenta no haber podido viajar a Italia. Sucedió meses antes del domingo sangriento de diciembre donde los manifestantes ante el Palacio de Invierno le reclamaban a Nicolás II —entonado himnos a su gloria— una Constitución que limitara la autocracia. El zar como respuesta declaró que no le interesaba la opinión pública y la matanza se extendió incluso a los barrios acomodados. Dio lugar a la indignación universal, Francia anuló el préstamo que estaba acordado y la autoridad del zar se desmoronó definitivamente.

Chéjov se queja de la caída del cabello, de las malas cosechas, de la tos que no se va, habla en tono de capricho de que tiene ganas de escribir un vodevil lo más tonto posible- tal vez por los elogios de Stanislavsky que considera exagerados- o le informa al director cuando le entrega El Jardín de los Cerezos que no va a poder leerle la obra porque no sabe hacerlo.

¿Por qué un autor universal, tan “pasado de moda” como Sófocles o Shakespeare no sabía leer teatro?

Concedámosle en palabras de Laura Estrin el “lujo de no explicar”.


Notas


1.- Antón Chejov, Cartas (1902-1904), Ediciones Leviatán.
2. Los datos biobibliográficos del autor puede el lector interesado consultarlos aquí