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¿Que desgracia más tendría que acontecer,
para que por fin llegásemos a sentirnos un todo global humano?
Blaga Dimitrova, última entrevista




En un encuentro en el Ateneo de Madrid a la pregunta: «¿Cuál ha sido en su opinión la mayor desgracia vivida por la humanidad?», Borges contestó: «La revolución de Octubre, que dividió la humanidad en dos, y cada una encerró en su cárcel». Todavía sigue en mí el temblor terrorífico con el que vibraba y resonaba esta respuesta, tan inmediata y tan pensada.

Vine a España el otoño del 1983. Ni siquiera hablaba español, pero escritores y artistas españoles me tenían imantada. Eran parte de mí que ansiaba regresar a sí misma, aventurándome en un territorio otro, el territorio del otro. No me daba cuenta de que la dirección desconocida y otra era mi propio ser, mi forma de percibir, de expresar el mundo y la existencia. En estos años he aprendido. Mi inquietud ha crecido. Y la angustia. No sé si podré expresar mis intuiciones, y en qué  idioma. Pero basta con vivir el mestizaje camino de un nuevo pensar. Vivir el resurgimiento de Europa, la que ve de lejos. La que parte ahora en la difícil misión de incorporarse la perspectiva del otro y de lo otro, a abrir su herencia a la innovación, no tornarla un museo en el mundo globalizado de lo virtual.

En este mundo nuestro, gobernado por el discurso, la dispersión de las ideas y el imperativo moderno que exige borrar las huellas, la palabra poética, con su memoria y sus presentimientos, con sus sombras y oscuridades, con su luz de luciérnaga en la noche cerrada, con su sol que arde sin tregua a pesar de la muerte, en su eterno viaje al descubrimiento de lo otro, sigue siendo la morada de nuestro ser esencial, el espacio donde somos, donde el espíritu humano se asoma a la libertad, la autosuperación y la permanencia. Donde la memoria y la imaginación, exteriorizadas en el lenguaje, arden en la vida única de la conciencia en expansión, por encima de los inexpugnables límites del espacio – tiempo (Canetti).

Mi propósito era crear una imagen del proceso de anulación de la entropía del espíritu humano a través de una lectura de los poemas de la escritora búlgara Blaga Dimitrova. Descifrar en breve su relación con la tradición, el presente, el futuro. Señalar el diálogo de fondo que mantiene con la obra de autores clásicos universales: Homero, Ovidio, Dante, Cervantes, Sheakspeare, Goethe, Gogol… 

Con poetas del canon búlgaro como Constantino Cirilo el Filósofo, Botev, K. Hristov, P. Slaveikov, Yavorov, Debelianov, Liliev, Bagriana. Sistematizar las búsquedas expresivas y filosóficas que la unen a las indagaciones y las intuiciones del s. XX de la poesía. Situarla en el proceso de transfusión y transmisión de los mejores a los mejores, que es la literatura (Herrera). Pues, su texto ofrece una imagen muy definida de cómo la palabra poética actúa contra las tendencias de dispersión. Cómo el resonar de la palabra hecha propia la integra en el espacio entre el tiempo y la eternidad que es la poesía… Imposible en unas páginas contadas. Me queda trazar en líneas generales algo del proceso en el que desde el inquietante sentir de que «el futuro hecho es la muerte» (principio de incertidumbre de la física cuántica), la palabra poética la rescata a ella misma del vacuo de la doctrina. Cómo sus versos líricos e intimistas intuyen que «la deserción de la estética es la metáfora de la represión, que toda certeza muta fácilmente en violencia». Cómo su estilo, antirretórica y sintético-reflexivo, formado por la voluntad de ir hacia la alteridad, y su visión de la condición humana, ajena al triunfalismo de las utopías, llevan su poesía a la intemperie de unos páramos donde la tradición funciona como novedad en el abrazo del deseo de unir lo cercenado. 



Mi humilde homenaje a Lev Nikolaievich Tolstoi

Todo existe porque amo. No podía encontrar
placer en la vida, sabiendo que existen la vejez,
el sufrimiento y la muerte.
L. N. Tolstói

La razón no me ha enseñado nada. Todo lo que yo sé
me ha sido dado por el corazón.
L. N. Tolstói

¿Qué es el bien? No es más que amor.
L. N. Tolstói


Para el lector español la editorial Siruela ha recopilado hace tiempo  27 de los mejores cuentos contados por Lev Nikolaievich. Entre estos hay uno, muy, pero que muy especial. Se titula “Iván(ushka) el Tonto”. 

La historia de Ivánushka viene de lejos, de antaño, muy de antaño. Protagoniza cientos de cuentos de todo tipo: mágicos, satíricos, costumbristas, historias de risa y de llanto y miles de anécdotas. El folclore, la creación popular, le sitúa en un lugar muy central de nuestra memoria, nuestro imaginario y nuestra visión del mundo. La bondad se confunde con la simpleza en este personaje que hace el bien a diestro y siniestro ante el regocijo de los burlones y la traición de los avariciosos, dice la reseña de la editorial. 

Debo reconocer, y que quede entre nosotros, por favor, que desde que tuve mi primera relación con el texto Tolstói, que era un encuentro con estos mismo cuentos exactamente, a pesar de todos los retratos que nos traen obstinados la canonizada majestuosa imagen de un hombre de edad avanzada, demacrado rostro sereno y barba larga y blanca, no he podido imaginármelo nunca si no como el rubito Ivánushka de los ojos centelleantes y las mejillas rosadas que nos sonríe desde las páginas de las ediciones para niños de los cuentos populares. 

Ivánushka. El héroe antihéroe del mágico cuento popular “El dragón de tres cabezas y la manzana de oro”. El hermano menor cuyo amor e ingenua bondad  vencen no únicamente al dragón, símbolo de la aniquilación, sino también las trampas de la avaricia,  la maldad, la envidia, el egoísmo, la traición y salvan nada menos que la existencia misma, la vida, esa manzana de oro que ilumina la noche del universo.